Sábado 17 nov 2011.
Esperando a que abriese la puera de embarque, y después de haber actualizado su Facebook, Víctor sacó su cuadernillo de notas y rebuscó en su endiablada bandolera un bolígrafo.
Había salido temprano de su casa para llegar con tiempo al aeropuerto y, pese a notar cierto cansancio, realmente no tenía sueño.
Quizás ni siquiera era el cansancio consecuencia del madrugón, el cansnacio vendría seguramente de las histéricas semanas anteriores al viaje en que tuvo que dejar atadas millones de cosas para no encontrar demasiadas sorpresas en el trabajo al volver.
La crisis había golpeado duramente al país y en España ni los ingenieros tenían asegurado un trabajo, asi que Víctor, que había sufrido el paro en sus carnes no desperdiciaba una oportunidad de trabajo, y por suerte o por desgracia, útlimamente le faltaban horas al día para hacer todo lo que tenía que hacer. Quizás estaba intentando abarcar demasiado.
El bolígrafo dejó de escribir, miró la hora de apertura de las puertas y vio que tenía tiempo, así que fue a buscar una tienda de libros de esas de los aeropuertos, llenas de revistas y periódicos en varios idiomas que tanto le gustaban.
Había decidido no comprar ningún libro, tampoco había que gastar demasiado, y además debería comprarlo en inglés, que para eso se suponía que iba a Reino Unido, para mejorar inglés. Pero no puedo resistir la tentación de comprar uno de esos libros de autoayuda para directivos, que e encantaban, aunque de directivo no tenía mucho, la verdad, aunque hacía sus pinitos.
Volvió a la puerta de embarque que seguía cerrada y se puso a leer su nueva adquisición. La verdad es que el libro se leía como el agua.
Cuando se quiso dar cuenta había una larga cola esperando la apertura de la puerta. Víctor odiaba hacer cola, pero no era momento para ser tiquismiquis, así que se colocó allí, y siguió leyendo tranquilamente su libro mientras lentamente la cola avanzaba.
Justo antes de pasar por la puerta de enlace miró a través de la ventana, se veían perfectamente los aviones de compañias británicas e irlandesas.
Víctor se paró a reflexionar en ese momento. Era la primera vez que salía completamente solo de España, sin acompañante de ninguna clase. Ni amigos, ni pareja, ni familia. Y además iba a un país en el que no conocía a nadie.
Lo más cercano a un número de emergencias hubiese sido el de Mattew, el marido inglés de su prima Alicia, quienes vivían en Menorca.
Ya en el avión Víctor cogió asiento junto a la ventana. Repasó sus sentimientos, y se sorprendió de no estar nervioso, y de no sentir miedo. Puede que un atisbo de ese vértigo que da la emoción de estar enfrentándose a algo nuevo. Pero nada más.
Le agradó ver que una guapa chica se sentaba junto a él. Víctor era bastante tímido para las primeras conversaciones, y él lo sabía. Lo más probable es que no hablase con la chica en todo el viaje, pero le agradó que se sentara junto a él.
Finalmente sí que entablaron una trivial conversación, la chica era de Jaen y hablaba con ese característico acento de su zona, que tan encantador resulta en Extremadura. Hablaron de lo que harían en Reino Unido y de poco más.
El avión aterrizó sin problemas en Luton y tras recoger la maleta, Víctor llamó a su casa para ir tranquilizando a su madre. Todos sabemos que los aviones son menos peligrosos que los coches, pero una madre no podrá dejar de preocuparse por su hijo si éste viaja en avión y no va con él, aunque su hijo tenga 28 años como 28 castillos.
Ahora empezaba de verdad la aventura. Un cosquilleo agradable recorrió el estomágo de Víctor.
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